Lo descubrí cocinando: apretaba hasta al pelar patatas
- Cris Vilariño
- 7 ene
- 2 Min. de lectura
Hace unos años, en una etapa intensa y desconectada de mi pasado—trabajo, hijos pequeños, hacer que todo funcionara, poca escucha, y poco espacio para mi— empecé a sentir algo extraño en mi mandíbula. Una rigidez creciente. Un clic incómodo al abrir la boca. Hasta que un día se bloqueó del todo. Fui al médico. El diagnóstico fue “rotura del menisco mandibular por estrés”. Me quedé pensando: ¿estrés? ¿yo? Si apenas aprieto los dientes… Pero desde ese día empecé a observarme. Y madre mía. Apretaba cocinando. Apretaba al poner la lavadora. Apretaba mientras caminaba. Apretaba simplemente por tener el día lleno de cosas. Mi mandíbula estaba en tensión casi constante. Y mis hombros también. Sostenidos ahí arriba, con el trapecio trabajando muy por encima de las necesidades, como si fueran a caerse si no los sujetaba. Solo cuando puse atención lo vi con claridad. Solo cuando vi, pude empezar a soltar. Pegué un cartelito en el baño: ( este sistema lo utilizo muchísimo) “Relaja la mandíbula” Y me lo repetí tantas veces como hizo falta. No te traigo hoy una lista de consejos. Solo una invitación. Una pregunta. ¿Cómo está tu mandíbula ahora mismo?¿Y tus hombros? La tensión en la mandíbula, no solo provoca molestias locales, sino que también envía señales al cerebro que pueden influir en nuestro estado emocional . Activa ese radar. Cuando estés cocinando, conduciendo, entrando a una reunión… Detente un segundo. Separa los labios. Deja que la punta de la lengua descanse detrás de los dientes superiores —el paladar alveolar, se llama .Y siente tus hombros soltarse. Tus brazos colgar. Escucha. Tu cuerpo sabe relajarse. Solo necesita que lo escuches. Con amor, Cris 🌿 Incorporal |

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